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Ecuador: lo que se veía venir

Ecuador: lo que se veía venir

22/02/2017 12:21 PM

 

 

Todavía no sabemos quién va a ser el próximo presidente de Ecuador ni tampoco si éste habrá sido electo en primera o en segunda vuelta. Sin embargo, a pesar de que Lenín Moreno sigue manteniendo intactas sus chances de ganar ya sea ahora o en abril, me animo a marcar algunas objeciones acerca de lo que fue su estrategia electoral, en un escenario y una campaña muy similares a los que hubo en Argentina en 2015.

Las comparaciones son odiosas y, habitualmente, usadas para forzar conclusiones arbitrarias. Por eso le reservo al lector el trazado de las para mí evidentes equivalencias con nuestras últimas presidenciales (ver "De las derrotas se aprende más").

Aunque no es recomendable tampoco analizar resultados sin el diario del lunes, decido prescindir de ellos porque sea cual sea el desenlace, los errores ya se cometieron, se podrían haber evitado y tienen un efecto no deseado para la Alianza País de Rafael Correa.

Es cierto que, en nuestros sistemas electorales, una victoria holgada cuenta tanto como una que se logra por medio punto, pero esto no quita que, a la hora de planificar una campaña, apostar a ganar por una centésima sea una muy buena manera de cerrar los ojos y entregarse a la fortuna. En política, sin suerte es imposible vencer. Sin algo de virtud, también.

Empiezo por lo que no estuvo en control del equipo de campaña y que fue más determinante para el comportamiento de los votantes que cualquier aspecto técnico de comunicación electoral. Por más acertada que hubiera sido la estrategia y su ejecución, es probable que en este contexto hubiera sido imposible acercarse al 57% de Correa de 2013. En síntesis:

  1. El precio de los commodities condiciona y toda la región está viviendo hace un par de años un contexto económico y social menos favorable para los oficialismos que el de la década anterior.
  2. Los medios de comunicación más masivos de Ecuador ejercen hace años una oposición abierta, más radicalizada a partir de la Ley de Comunicación sancionada después de la reelección presidencial de 2012.
  3. Lenín no es Correa. Su candidatura despertaba cuestionamientos internos profundos en amplios sectores de la Alianza País, por su perfil más conservador y dialioguista.
  4. Correa no es Lenín. El objetivo principal del presidente en su último año de gobierno fue promover la continuidad de la Revolución Ciudadana más que la candidatura de su eventual sucesor.

 

Hechas las aclaraciones, queda asentado por escrito que esta elección era más fácil perderla que ganarla. Pero, más que justificar el resultado, el contexto adverso condena la estrategia.

Reservar el optimismo para las arengas motivacionales y prohibir su uso en el análisis son una regla en elecciones. Sin embargo, el oficialismo llevó adelante una campaña inercial, como si hubiera estado ganada de antemano. La no participación en el debate para no arriesgar el resultado es la imagen perfecta de que lo que se buscaba era no mover demasiado el avíspero. El piso electoral era alto, sí, pero no les alcanzaba –si eran moderadamente pesimistas- para ganar en primera vuelta.

Así y todo, había claros indicadores que permitían imaginar que Lenín tenía más chances de vencer ahora que de hacerlo en el ballotage del 2 de abril. El más importante era la fragmentación opositora, que no le daba a ninguno de sus dirigentes el 30% de intención de voto. Esa fragmentación ya no existe.

Había, además, un condimento extra. Las encuestas en Ecuador están reflejando una paradoja habitual después de muchos años de gobierno de un mismo signo político: si bien la evaluación de gestión positiva es mayor a la negativa, el deseo de cambio supera al de continuidad.

Abordar la campaña desde un clivaje o el otro era una decisión de estrategia electoral. Si todos los que valoraban positivamente al gobierno de Correa hubieran votado a su candidato, éste hubiera superado con bastante margen la barrera de los 40. Sin embargo, Lenín Moreno eligió intentar arrebatarle a la oposición la palabra cambio, cuando rara vez un oficialista puede expresar algo muy distinto a continuidad.

Hace meses se veía que había que ser muy asertivos y apostar a una campaña de contraste que explicitara las diferencias entre modelos antagónicos de país. Es verdad que hubo tibios exhortos a no volver al pasado, pero los mensajes se enredaban en propuestas demasiado racionales, en vez de advertir que su rival, el candidato y banquero Guillermo Lasso, podía representar, por ejemplo, una amenaza para la reducción de la pobreza, hito de la década correísta.

Llevar adelante una campaña de propuestas concretas puede ser un buen camino para candidatos opositores, pero el que se postula en nombre de un gobierno no puede darse ese lujo. Para el común de la gente, él ya está gobernando.

Mientras tanto, Correa y el candidato a vice, Jorge Glas, se dedicaron a emitir los mensajes negativos más duros. Como resultado, el protagonismo del candidato oficialista terminó diluyéndose en la disputa entre el presidente y la oposición. Hubiera sido más conveniente, sin duda alguna, que Lenín ocupara el centro de la escena y tomara las riendas de la discusión, incluso corriendo el riesgo de ser acusado de llevar adelante una campaña del miedo.

De nada sirvieron sus esfuerzos por transmitir un tono épico, tal vez propicio durante el boom del consumo de años anteriores, pero que ya no contagiaba esperanza en estas épocas de presupuestos más apretados, opciones políticas más competitivas y medios de mayor audiencia en contra.

Para reemplazar este apagado entusiasmo social, cometieron el pecado más habitual en campaña: se pusieron a difundir encuestas que los daban como seguros ganadores.

Los estudios de opinión pública no son ansiolíticos destinados a la tapa de los diarios para pronosticar mágicamente los resultados, sino información que bien utilizada es vital para elaborar estrategias.

Utilizar encuestas como material prenseable, propagandístico y publicitario suele ser contraproducente. Por lo general, se recomienda moderar las expectativas, sobre todo en la recta final. No lo hicieron y, de confirmarse el ballotage, terminarán oliendo innecesariamente a derrota los más de diez puntos de diferencia que le sacaron al segundo.

No todo está perdido para Lenín Moreno. En efecto, la distancia que obtuvo sobre Lasso es grande y la fortaleza política del oficialismo, más que relevante. Pero es necesario que recupere el protagonismo y que asuma que la política no es indolora y que cada hora de indefinición en el escrutinio es una muestra de debilidad que beneficia a su contrincante.

Ecuador: lo que se veía venir

Consultor en Comunicación Política

 

 

Todavía no sabemos quién va a ser el próximo presidente de Ecuador ni tampoco si éste habrá sido electo en primera o en segunda vuelta. Sin embargo, a pesar de que Lenín Moreno sigue manteniendo intactas sus chances de ganar ya sea ahora o en abril, me animo a marcar algunas objeciones acerca de lo que fue su estrategia electoral, en un escenario y una campaña muy similares a los que hubo en Argentina en 2015.

Las comparaciones son odiosas y, habitualmente, usadas para forzar conclusiones arbitrarias. Por eso le reservo al lector el trazado de las para mí evidentes equivalencias con nuestras últimas presidenciales (ver "De las derrotas se aprende más").

Aunque no es recomendable tampoco analizar resultados sin el diario del lunes, decido prescindir de ellos porque sea cual sea el desenlace, los errores ya se cometieron, se podrían haber evitado y tienen un efecto no deseado para la Alianza País de Rafael Correa.

Es cierto que, en nuestros sistemas electorales, una victoria holgada cuenta tanto como una que se logra por medio punto, pero esto no quita que, a la hora de planificar una campaña, apostar a ganar por una centésima sea una muy buena manera de cerrar los ojos y entregarse a la fortuna. En política, sin suerte es imposible vencer. Sin algo de virtud, también.

Empiezo por lo que no estuvo en control del equipo de campaña y que fue más determinante para el comportamiento de los votantes que cualquier aspecto técnico de comunicación electoral. Por más acertada que hubiera sido la estrategia y su ejecución, es probable que en este contexto hubiera sido imposible acercarse al 57% de Correa de 2013. En síntesis:

  1. El precio de los commodities condiciona y toda la región está viviendo hace un par de años un contexto económico y social menos favorable para los oficialismos que el de la década anterior.
  2. Los medios de comunicación más masivos de Ecuador ejercen hace años una oposición abierta, más radicalizada a partir de la Ley de Comunicación sancionada después de la reelección presidencial de 2012.
  3. Lenín no es Correa. Su candidatura despertaba cuestionamientos internos profundos en amplios sectores de la Alianza País, por su perfil más conservador y dialioguista.
  4. Correa no es Lenín. El objetivo principal del presidente en su último año de gobierno fue promover la continuidad de la Revolución Ciudadana más que la candidatura de su eventual sucesor.

 

Hechas las aclaraciones, queda asentado por escrito que esta elección era más fácil perderla que ganarla. Pero, más que justificar el resultado, el contexto adverso condena la estrategia.

Reservar el optimismo para las arengas motivacionales y prohibir su uso en el análisis son una regla en elecciones. Sin embargo, el oficialismo llevó adelante una campaña inercial, como si hubiera estado ganada de antemano. La no participación en el debate para no arriesgar el resultado es la imagen perfecta de que lo que se buscaba era no mover demasiado el avíspero. El piso electoral era alto, sí, pero no les alcanzaba –si eran moderadamente pesimistas- para ganar en primera vuelta.

Así y todo, había claros indicadores que permitían imaginar que Lenín tenía más chances de vencer ahora que de hacerlo en el ballotage del 2 de abril. El más importante era la fragmentación opositora, que no le daba a ninguno de sus dirigentes el 30% de intención de voto. Esa fragmentación ya no existe.

Había, además, un condimento extra. Las encuestas en Ecuador están reflejando una paradoja habitual después de muchos años de gobierno de un mismo signo político: si bien la evaluación de gestión positiva es mayor a la negativa, el deseo de cambio supera al de continuidad.

Abordar la campaña desde un clivaje o el otro era una decisión de estrategia electoral. Si todos los que valoraban positivamente al gobierno de Correa hubieran votado a su candidato, éste hubiera superado con bastante margen la barrera de los 40. Sin embargo, Lenín Moreno eligió intentar arrebatarle a la oposición la palabra cambio, cuando rara vez un oficialista puede expresar algo muy distinto a continuidad.

Hace meses se veía que había que ser muy asertivos y apostar a una campaña de contraste que explicitara las diferencias entre modelos antagónicos de país. Es verdad que hubo tibios exhortos a no volver al pasado, pero los mensajes se enredaban en propuestas demasiado racionales, en vez de advertir que su rival, el candidato y banquero Guillermo Lasso, podía representar, por ejemplo, una amenaza para la reducción de la pobreza, hito de la década correísta.

Llevar adelante una campaña de propuestas concretas puede ser un buen camino para candidatos opositores, pero el que se postula en nombre de un gobierno no puede darse ese lujo. Para el común de la gente, él ya está gobernando.

Mientras tanto, Correa y el candidato a vice, Jorge Glas, se dedicaron a emitir los mensajes negativos más duros. Como resultado, el protagonismo del candidato oficialista terminó diluyéndose en la disputa entre el presidente y la oposición. Hubiera sido más conveniente, sin duda alguna, que Lenín ocupara el centro de la escena y tomara las riendas de la discusión, incluso corriendo el riesgo de ser acusado de llevar adelante una campaña del miedo.

De nada sirvieron sus esfuerzos por transmitir un tono épico, tal vez propicio durante el boom del consumo de años anteriores, pero que ya no contagiaba esperanza en estas épocas de presupuestos más apretados, opciones políticas más competitivas y medios de mayor audiencia en contra.

Para reemplazar este apagado entusiasmo social, cometieron el pecado más habitual en campaña: se pusieron a difundir encuestas que los daban como seguros ganadores.

Los estudios de opinión pública no son ansiolíticos destinados a la tapa de los diarios para pronosticar mágicamente los resultados, sino información que bien utilizada es vital para elaborar estrategias.

Utilizar encuestas como material prenseable, propagandístico y publicitario suele ser contraproducente. Por lo general, se recomienda moderar las expectativas, sobre todo en la recta final. No lo hicieron y, de confirmarse el ballotage, terminarán oliendo innecesariamente a derrota los más de diez puntos de diferencia que le sacaron al segundo.

No todo está perdido para Lenín Moreno. En efecto, la distancia que obtuvo sobre Lasso es grande y la fortaleza política del oficialismo, más que relevante. Pero es necesario que recupere el protagonismo y que asuma que la política no es indolora y que cada hora de indefinición en el escrutinio es una muestra de debilidad que beneficia a su contrincante.