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Macri, culpa y derrape

Macri, culpa y derrape

29/12/2016 01:51 PM

Yo confieso ante Dios Todopoderoso / y ante vosotros hermanos / que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión / Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. (Fragmento de Yo confieso. Oración católica)

 

 

El presidente Mauricio Macri ha dicho este jueves el mayor disparate discursivo, político y conceptual que recuerde este cronista. Dijo que su salud le está “pasando factura” por un “exceso de preocupación por la gente”.

El diagnóstico dispara interrogantes:

¿Cuál sería, para un presidente, una tasa razonable de “preocupación por la gente”, es decir, por los hombres y las mujeres cuyo bienestar, se supone, es la razón única que moviliza a un dirigente político a postularse para cumplir el mandato de sus mandantes?

¿La “preocupación por la gente” de un presidente tiene un techo más allá del cual el jefe de Estado incurre en un “exceso”?

¿Macri hace un diagnóstico exagerado –tremendista- de los problemas que atraviesan los argentinos y eso lo lleva a rebasar la tasa razonable de “preocupación por la gente”?

¿Macri se preocupa por demás?

¿Podría preocuparse menos y estaría bien?

Lo que está operando sobre Macri quizá no sea el rigor de ese “exceso de preocupación”, sino, más bien, la culpa, un resorte del inconsciente muy bien explotado/inoculado por las religiones que puede llevar a la autopunición. El del Presidente acaso sea, entonces, un caso inconsciente de autoflagelación: sin darse cuenta, decidió someterse al escarnio público diciendo una barbaridad histórica.

De vacaciones por enésima vez desde que llegó a la Casa Rosada, hace un año y 19 días -la primera escapada fue a dos semanas de asumir el desafío más importante de su vida-, Macri sobreactuó y derrapó.

Primero, negó lo obvio: “No estoy de vacaciones”, aseguró en una entrevista radial que brindó desde su retiro en el country pionero de las urbanizaciones privadas argentinas, el complejo Cumelén, un exclusivo refugio fundado en 1933 a tres kilómetros del centro de Villa La Angostura, donde el mandatario se quedará hasta el 8 de enero.

Pero, en una curiosa voltereta dialéctica, justificó lo que asegura no estar haciendo –explicó sus no vacaciones. Insistió con algo que ya ha dicho varias veces: que sus amigos le recomiendan siempre que “tendría que bajar el ritmo”.

“Cuando uno siente tanta responsabilidad, lleva a que no haya vacaciones nunca, ni sábados ni domingos”, agregó. Y abundó: “Nunca estoy de vacaciones”.

La culpa y un estigma que es una cruz: el Presidente tiene fama de poca contracción al trabajo.

El primer año de Macri cierra con balance negativo que se expresa en todos los indicadores sociales y económicos: aumento del desempleo hasta el filo de los dos dígitos, derrumbe del consumo, bajas mensuales del orden del 7% en las ventas minoristas, la actividad productiva en niveles que bordean los de 2002, un millón y medio de pobres más que a fines de 2015 y una inflación que cerrará 2016 en el 40%.

Son datos de la realidad que se llevan a las patadas con el “exceso de preocupación por la gente” que –golpeándose el pecho- declamó este jueves el Presidente. Dos posibilidades:

1) El “exceso de preocupación por la gente” es apenas una sobreactuación –rayana con lo grotesco, en virtud de aquellos datos de la realidad.

2) El “exceso de preocupación por la gente”–aunque un disparate conceptual- es genuino y el problema es la (in)capacidad de gestión para traducirla en beneficios para la población.

Habría una tercera posibilidad: que la tan poco feliz frase de Macri no surja de la culpa ni revele –por contaste con los resultados de las políticas que aplica el Gobierno- una enorme impericia, sino que sea una criatura diabólica parida por un cinisimo. Pero conviene descartarla, por combustible.

 

 

Macri, culpa y derrape

Yo confieso ante Dios Todopoderoso / y ante vosotros hermanos / que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión / Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. (Fragmento de Yo confieso. Oración católica)

 

 

El presidente Mauricio Macri ha dicho este jueves el mayor disparate discursivo, político y conceptual que recuerde este cronista. Dijo que su salud le está “pasando factura” por un “exceso de preocupación por la gente”.

El diagnóstico dispara interrogantes:

¿Cuál sería, para un presidente, una tasa razonable de “preocupación por la gente”, es decir, por los hombres y las mujeres cuyo bienestar, se supone, es la razón única que moviliza a un dirigente político a postularse para cumplir el mandato de sus mandantes?

¿La “preocupación por la gente” de un presidente tiene un techo más allá del cual el jefe de Estado incurre en un “exceso”?

¿Macri hace un diagnóstico exagerado –tremendista- de los problemas que atraviesan los argentinos y eso lo lleva a rebasar la tasa razonable de “preocupación por la gente”?

¿Macri se preocupa por demás?

¿Podría preocuparse menos y estaría bien?

Lo que está operando sobre Macri quizá no sea el rigor de ese “exceso de preocupación”, sino, más bien, la culpa, un resorte del inconsciente muy bien explotado/inoculado por las religiones que puede llevar a la autopunición. El del Presidente acaso sea, entonces, un caso inconsciente de autoflagelación: sin darse cuenta, decidió someterse al escarnio público diciendo una barbaridad histórica.

De vacaciones por enésima vez desde que llegó a la Casa Rosada, hace un año y 19 días -la primera escapada fue a dos semanas de asumir el desafío más importante de su vida-, Macri sobreactuó y derrapó.

Primero, negó lo obvio: “No estoy de vacaciones”, aseguró en una entrevista radial que brindó desde su retiro en el country pionero de las urbanizaciones privadas argentinas, el complejo Cumelén, un exclusivo refugio fundado en 1933 a tres kilómetros del centro de Villa La Angostura, donde el mandatario se quedará hasta el 8 de enero.

Pero, en una curiosa voltereta dialéctica, justificó lo que asegura no estar haciendo –explicó sus no vacaciones. Insistió con algo que ya ha dicho varias veces: que sus amigos le recomiendan siempre que “tendría que bajar el ritmo”.

“Cuando uno siente tanta responsabilidad, lleva a que no haya vacaciones nunca, ni sábados ni domingos”, agregó. Y abundó: “Nunca estoy de vacaciones”.

La culpa y un estigma que es una cruz: el Presidente tiene fama de poca contracción al trabajo.

El primer año de Macri cierra con balance negativo que se expresa en todos los indicadores sociales y económicos: aumento del desempleo hasta el filo de los dos dígitos, derrumbe del consumo, bajas mensuales del orden del 7% en las ventas minoristas, la actividad productiva en niveles que bordean los de 2002, un millón y medio de pobres más que a fines de 2015 y una inflación que cerrará 2016 en el 40%.

Son datos de la realidad que se llevan a las patadas con el “exceso de preocupación por la gente” que –golpeándose el pecho- declamó este jueves el Presidente. Dos posibilidades:

1) El “exceso de preocupación por la gente” es apenas una sobreactuación –rayana con lo grotesco, en virtud de aquellos datos de la realidad.

2) El “exceso de preocupación por la gente”–aunque un disparate conceptual- es genuino y el problema es la (in)capacidad de gestión para traducirla en beneficios para la población.

Habría una tercera posibilidad: que la tan poco feliz frase de Macri no surja de la culpa ni revele –por contaste con los resultados de las políticas que aplica el Gobierno- una enorme impericia, sino que sea una criatura diabólica parida por un cinisimo. Pero conviene descartarla, por combustible.